La transición ecológica, aunque la expresión pareciera
ser vaga, alude a un proceso de transformación social cuyo objeto le apunta un
modelo de desarrollo sostenible, donde se incluyen además de la transición
energética como estrategia de mitigación del cambio climático, y del
aprovechamiento responsable de los recursos naturales, los fundamentos y estrategias de la preservación de los
servicios ecosistémicos esenciales para el bienestar y la salud humanas como el
agua, el suelo, los bosques, los océanos, el paisaje, la cultura y la
biodiversidad.
El celebrase la Cumbre por los ODS, la pregunta crucial
de la Asamblea General de Naciones Unidas en su 78ª sesión en Nueva York
realizada en septiembre, fue ¿cómo abordar una transición ecológica y justa en
el marco de la crisis climática, máxime cuando estamos justo a tiempo
para mitigar el "infierno" climático", considerado como la mayor
amenaza para la salud pública”, siempre y cuando se implemente una coalición global de estados, empresas y sociedad civil que actúe con los ODS en el punto de
mira, según la ONU.
Entre las apuesta tecnológica y de la planificación rural y urbana para afrontar
el reto climático en la transición ecológica es tan imprescindible y urgente como
necesaria. Allí, los temas claves pasan por el agua toda vez que, además de ser
es un bien patrimonial preciado, también puede convertirse en una amenaza, ya que el creciente cambio climático favorece la aparición recurrente de fenómenos
climáticos extremos, y porque para 2050 el 70% de la población mundial vivirá
en ciudades, razón por la cual habrá que adaptar el hábitat humano al agua y al clima, mediante infraestructuras ecológicas.
Por lo tanto, la transición ecológica entendida como ese paso en el que se deja de depender de unos pocos sectores para apalancar el
desarrollo sustentable, resulta crucial para países emergentes o en desarrollo
-es el caso de Colombia donde alrededor del 50 % de las exportaciones se basan
en productos como el petróleo y el carbón-, para que los gobiernos hagan una
planeación más eficiente de sus recursos. además de medir los impactos y
aprovechar sus ventajas en determinados sectores, e identificar mejor sus debilidades fortalezas y oportunidades de desarrollo.
Ahora, si lo anterior obliga a considerar a nivel nacional la dimensión
financiera en la planeación ecológica para que cada país pueda llevar a cabo en un
plazo compatible con los objetivos del Acuerdo de París, entonces, el tema que
ya figura en el orden del día para la COP 28, contempla: 1- el aumento masivo
de la demanda de tecnologías de energías renovables y de materiales o insumos
críticos; y 2- la intensificación de los
esfuerzos de inversión y producción en tecnologías limpias, para la puesta en
marcha de la transición energética.
A modo de ejemplo, si la oferta de materiales críticos, como cobalto, litio, neodimio, níquel, tierras raras, y otros identificados como necesarios para la aceleración de la transición ecológica, según el informe de la Comisión sobre Transiciones Energéticas pareciera ser insuficiente a corto plazo para satisfacer la demanda hasta 2030, entonces la estrategia será el reciclaje de materiales críticos, sobre todo en el caso del litio, las tierras raras y el grafito, aunque también la lógica geopolítica de la nueva guerra fría complica el panorama cuando China decide restringir sus exportaciones de galio y germanio.
Pero también, de no ser viable una "transición acelerada" y en línea con los objetivos del Acuerdo de París para 2030, preguntémonos cuál sería el escenario para una "transición retrasada" que tendría comienzo en 2026 pero a un ritmo que no permite llegar a los objetivos señalados para el 2030?; el esfuerzo requerido por precipitarse en el segundo escenario para cerrar la brecha en una fase tardía, colocaría a las empresas en una posición de mayor riesgo, y con ellas al sistema bancario que las financian.
Entonces, si una transición más rápida hacia una economía de “cero neto” implica alcanzar el balance de las emisiones netas en línea con los objetivos del Acuerdo de París; entonces, la disponibilidad y suministro de minerales críticos por la creciente demanda industrial, se constituye en una gran oportunidad para los países de Latinoamérica, ya que según el BID y la OIT (2020), en la región la transición a una economía de cero emisiones netas en carbono, podría crear 15 millones de nuevos empleos netos para 2030.
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